TAE, TIN y por qué dividir entre doce está mal
Un préstamo al consumo, una financiación en tienda o una tarjeta se anuncian con TAE. Una hipoteca se calcula con TIN. Se parecen y no se manejan igual.
El TIN es un tipo nominal: dice cuánto se paga al año suponiendo que no se capitaliza, y por eso el banco lo divide entre doce para sacar el tipo del mes. La TAE es un tipo efectivo: ya dice lo que el dinero cuesta al cabo de un año con la capitalización dentro. Para volver del año al mes hay que deshacerla, y eso no es dividir: es sacar la raíz duodécima.
Con una TAE del 24 %, el tipo mensual correcto es 1,8088 %. Dividiendo entre doce sale 2,0000 %. Casi dos décimas de más cada mes, sobre un saldo que se arrastra durante años. Con los datos por defecto de esta página, hacerlo mal alarga el plazo 9,6 meses y sube el total 1.434 € sobre una deuda de 6.000 €. Y no se compensa nunca: dividir cuenta dos veces la capitalización que la TAE ya lleva dentro, así que infla el tipo, el plazo y el total.
La deuda que no se termina nunca
Hay una cuota por debajo de la cual una deuda deja de tener final: aquella en la que no cubre los intereses del mes. A partir de ahí todo lo que pagas se va en intereses mientras el saldo sube.
Con 6.000 € al 24 % TAE, los intereses del primer mes son 108,53 €. Con una cuota de 105 € pagas todos los meses, durante años, y cada recibo te deja debiendo un poco más que el anterior. Esta calculadora no te devuelve entonces un plazo muy largo: te devuelve que no hay plazo.
Justo por encima tampoco es mucho mejor. Con 109 € —un euro por encima del interés del mes— el saldo sí baja, pero tardas 25 años y 3 meses y acabas devolviendo 33.059 € por 6.000 €. De eso, 27.059 € son intereses.
Ahí es donde llega una tarjeta revolving, y llega por diseño. Tres piezas: un tipo alto, una cuota baja que se fija al contratar —a menudo la mínima que ofrecen— y un recibo que parece asumible porque lo es. Cuarenta euros al mes no asustan a nadie; lo que no se ve es que sobre un saldo de 3.000 € al 20 % TAE ni siquiera cubren los intereses: ese mes cuesta 45,93 €. Y como la línea se puede volver a disponer, el saldo se rellena cada vez que baja.
Lo difícil de ver es que ningún recibo suelto es alarmante. Lo alarmante es la suma, y la suma no aparece en ningún sitio hasta que alguien la calcula.
Lo que cambia subir la cuota
Es la única palanca que tienes a mano: el tipo lo pone el contrato y la deuda ya está pedida.
Con 6.000 € al 24 %, pagando 120 € al mes tardas 10 años y 11 meses y devuelves 15.714 €, de los cuales 9.714 € son intereses: más de lo que pediste. Pagando 150 € —treinta euros más al mes— tardas 6 años y devuelves 10.757 €, con 4.757 € de intereses.
Treinta euros al mes de diferencia son 4.957 € menos de intereses y casi cinco años antes. Subir la cuota un 25 % recorta el plazo un 45 %: los intereses se pagan sobre el saldo y por tiempo, así que no bajan en la proporción en que sube la cuota, bajan mucho más.
Al lado, otra cifra que lo pone en contexto. Esos mismos 150 € al mes, durante esos mismos 71,7 meses, puestos en una cartera al 7 % anual serían 13.220 €, de los cuales 2.463 € los pone la rentabilidad. No es una alternativa —la deuda hay que pagarla igual—, es la medida de lo que cuesta tenerla. Y al revés está la parte útil: el día que la saldes, esos 150 € siguen ahí.
Deuda buena y deuda mala, sin moralina
La diferencia práctica no es el tipo, ni el importe, ni lo responsable que uno sea. Es si lo que compraste con ese dinero genera ingresos o no.
Una deuda que financia algo que produce —un local que se alquila, una máquina que factura, una formación que sube el sueldo— se paga a sí misma, al menos en parte, y ahí el tipo se compara con un rendimiento. La que financia algo que solo se consume la pagas entera tú, y encima suele llevar un tipo más alto porque no hay nada detrás que la garantice.
De ahí el orden que casi todo el mundo intuye y casi nadie ejecuta: primero la deuda cara, después el colchón, después invertir. Con una TAE del 24 %, quitarte deuda equivale a una rentabilidad del 24 % anual sin impuestos y sin riesgo: no es una ganancia que Hacienda mire, es un gasto que deja de producirse. No hay cartera que compita con eso.
Lo que no lleva es juicio moral. Casi nadie financia un sofá por frivolidad: lo financia porque en ese momento no había otra manera. Saber lo que cuesta no es un reproche, es lo que permite decidir en qué orden se sale.
Qué no tiene en cuenta este cálculo
Las comisiones de apertura y de estudio. Se cobran al principio y sobre el capital, y aquí no entran. La TAE oficial de tu contrato sí suele incluirlas, así que si la escribes tal cual las estás metiendo por la puerta del tipo, repartidas por el plazo en vez de pagadas el primer día.
Los seguros vinculados. Los de amortización o de protección de pagos se cobran aparte, a veces como prima única financiada dentro del propio préstamo. No aparecen aquí y no son pequeños.
Que la TAE de una tarjeta puede cambiar. El tipo lo fija el emisor y puede revisarlo. Este cálculo supone que el que has escrito dura hasta el último recibo.
Y sobre todo, que aquí la cuota es fija. En un préstamo personal lo es. En una tarjeta revolving casi nunca: suele ser un porcentaje del saldo dispuesto, así que baja según baja la deuda y el plazo se estira solo. Si además vuelves a disponer de la línea, el saldo no llega a bajar del todo. Esta página describe bien un préstamo con cuota fija; con una revolving, la realidad tiende a ser peor, no mejor.
De dónde sale el dinero para subir esa cuota, la calculadora de sueldo neto; si la deuda es una hipoteca, la calculadora de amortizar hipoteca; y en qué se convierte esa cuota cuando deja de ser deuda, la calculadora para vivir de rentas y la calculadora de interés compuesto.